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La compra.

Naufrago de la luna

Y me compré un coche. Me podría haber comprado el coche que podía pagar, pero me compré el que quería. ¿Por qué alguien haría semejante gilipollez? Ahí vamos.

La idea inicial era comprar un coche con los 3000 euros que tenía ahorrado. La cosa parecía y tendría que haber sido sencilla. Yo cogía esos tres mil euros, iba a algún sitio dedicado a este tipo de ventas, lo cambiaba por un coche que me llevara a los lugares sin dejarme tirado, y listo. Tendría un coche y algo muy importante, estaría pagado. Pero claro, eso hubiese sido algo demasiado lógico y no tendría de qué escribir. En este punto es donde llegaron los “bla” y lo cambiaron todo.

Vamos a identificar esos “bla”

Mi madre: Ya que te compras un coche cómprate uno bueno, uno que te dure toda la vida, uno en condiciones  bla bla bla.

Mi hermano: Cómprate uno que sea diesel y de una marca alemana  bla bla bla.

Todos los demás: Uno con aire acondicionado, pocos kilómetros, de color oscuro, dirección asistida, llantas de aleación, elevalunas eléctricas, techo solar, sensor de aparcamiento, cierre centralizado, GPS, luces de xenón, bla bla bla y algún que otro bla bla bla de personas que ni conocía pero opinaban porque es gratis hacerlo.

Veinte mil euros de coche a pagar en cómodos plazos gracias a mis “amigos” de Cetelem, que tuvieron la amabilidad de ofrecerme un préstamo algo mayor, para que pudiera hacerle un seguro a todo riesgo que me cubriera de todo mal posible, e incluso ponerle unos buenos altavoces para poder escuchar a todo volumen el “Wonderful life”  de Black, porque aunque parezca que no, la vida algunas veces es maravillosa. Otras muchas no.

El coche elegido fue un Opel Astra ranchera 2.0 Tdi 120cv Deluxe, edición limitada, full equip, lo más parecido a un yate, uno grande, bonito y lujoso. Todo él olía a opulencia y estaba lleno de botones que seguramente no utilizaría y que posiblemente ni necesitaría, pero ahí estaban, porque las cosas muchos botones molan. Me lo compré ranchera, porque desde que vi la serie “A Dos Metros Bajo Tierra”, siempre me pareció original eso de tener un coche que lo mismo te valía para dormir, que para llevar muertos de un lado a otro. De hecho, creo que fue lo único que elegí del coche, la carrocería.

Los Bla estaban contentos, ya tenía el coche que ellos querían, pero que yo pagaría.

Dando de entrada mis 3000 eurillos, se quedaba la cosa en 275 euros al mes durante unos siete años de nada (sarcasmo, por si alguien no se ha dado cuenta). Para cuando pagase mi última letra, las tres cuartas partes del coche serían una puta chatarra, y no porque yo lo fuese a maltratar, para nada, sino porque los coches de ahora, como casi todo, están hechos para durar pocos años, y de esta manera crean la necesidad de que te tengas que comprar otro de lo que sea, y así te tienen pillado por los huevos otros cuantos años más. Para cuando te des cuenta de que llevas toda la vida pagando cosas y que no tienes nada, ya estarás muerto. Evidentemente, no antes de haber pagado tu nicho, porque si no es así, le dejas el marrón a tu familia. Está todo estudiado amigos, aquí venimos a pagar.

Volvemos al coche que me pierdo y acabo hablando de cosas serias.

Llego el día X. Aquí iré rápido porque me entra risa.

Habían pasado cuatro meses desde que compré mi cochazo y todo iba relativamente bien. Ya solo me quedaban por pagar 80 letrillas de nada. No recuerdo exactamente la fecha, pero si recuerdo que ese día llovía y la navidad no andaba lejos. Unos amigos y yo habíamos organizado una fiesta de fin de año y teníamos que comprar las bebidas, comida, decoración y demás. ¿Qué mejor vehículo para ir de compras que un ranchera? Fuimos a un centro comercial, llenamos el coche de bebidas hasta que el tubo de escape rozaba el suelo, pagamos y nos fuimos. Ya volveríamos por los refrescos. No paraba de llover. En Sevilla no suele llover muy a menudo, pero cuando llueve, llueve de verdad, tanto es así, que la gente se vuelve gilipollas, es como si el agua les hiciera olvidar que saben conducir y todos son atascos, frenazos, pitidos y algún que otro accidente.

El caso es que al volver teníamos que pasar por debajo de un puente, uno en el que, gracias a la lluvia se había creado un charco de proporciones épicas. En serio, no entiendo como a un ingeniero se le puede pasar por alto algo así, pero supongo que sería algo parecido a esto.

–  ¿Don Manuel, está usted seguro de que quiere coger toda esa tierra del suelo y utilizarla como argamasa para construir el puente? Mire que si quitamos toda esa tierra, cuando llueva se va a crear justo aquí un nuevo lago Ness, con su monstruo y todo.

–  ¿Aquí quién es el ingeniero, quién ha estudiado para esto? Además, estamos en Sevilla, aquí no llueve, vete levantando esa tierra del suelo. Con lo que nos ahorramos de comprar  tierra y del transporte para traerla, nos hacemos tú y yo un chalet en una zona no urbanizable de cualquier playa.

Muchos coches llegaban, veían el lago y se daban la vuelta. Era comprensible, pero yo tenía un yate. Puse velocidad de crucero a 20 nudos y me metí en el lago. Cuando el agua me llegaba casi a la ventanilla me empecé a preocupar, cuando el motor se paró, me preocupé un poco más, pero cuando un autobús de línea pasó por mi lado, y el coche se movió como una barca, me acojoné.

Llamé a la grúa de mi seguro todo riesgo, no tardó más de cuarenta minutos en llegar, vio la situación, me llamó por teléfono y me dijo que ahí no se metía, que llamara a la guardia costera. Esto último de la guardia costera es broma, seguro que lo pensó, pero no lo dijo. Y con esto, me deseó buena suerte y se marchó. Sí, sí, esto puede pasar, tu seguro, esa entidad a la que le pagas todos los años para que te saque de marrones, puede permitirse el lujo de mearte en la boca depende del momento, y este era uno de esos momentos. El tipo de la grúa me dijo que el remolcaba el coche, pero yo tenía que sacarlo del lago. No sé si alguien sabe cómo sacar de un lago un coche ranchera con 300 litros de ron, pero no es fácil.

Pasamos más de dos horas dentro del coche sin saber qué hacer, pero las opciones eran pocas, quedarnos a vivir allí bebiendo ron y comiendo ganchitos, o salir del coche e intentar empujarlo.

El agua llegaba justo hasta casi donde comenzaba el cristal de las ventanillas. En ese momento deseé haber tenido un coche barato, uno de unos 3000 euros, uno de esos que tiene una manivela para bajar la ventanilla manualmente y poder salir del coche por ahí, pero no, yo tenía un coche deluxe con sus cuatro elevalunas eléctricos, bla bla bla, que no funcionan cuando la batería del coche está bajo agua, así que, tocaba abrir las puertas. El resto es fácil de imaginar, abrimos con mucho esfuerzo las puertas y el coche empezó a absorber parte del lago, tapicería, cajas de ron, etc, todo chupo el agua que pudo. Nos bajamos, y no tuvimos cojones de empujarlo. Cuando por fin vino gente a ayudarnos, amigos, porque los que cobraban cada mes seguían negándose, ya era tarde, el coche era un pecio.

4700 euros de reparación, sin contar con que tendría que estar no menos de diez años con las ventanillas abiertas para que se secara por dentro. Como no tenía dinero para pagar esa reparación, pero sí para pagar las cuotas mensuales, estuve siete años pagando un coche que no tenía y que al principio, ni quería.

Los Bla bla bla no se pronunciaron.

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