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Un Gimnasio en Esparta

Naufrago de la luna

En mi barrio hace muchos años existía un gimnasio llamado “UR”, era el gimnasio más barato de la ciudad, creo que costaba quinientas pesetas, en él no había zumba, ni yoga, ni spinning, ni nada que acabara en ing, allí solo había cosas que pesaban mucho, gente que daba miedo, y un olor perpetuo a sobaco ajeno.

El creador de este gimnasio era un vasco llamado Urko, de ahí lo de “UR”, supongo. Hay personas que crean su propio negocio, y luego están los que se lo fabrican, Urko era de estos últimos, había cogido una máquina de soldar, un puñado de poleas, un chorro de hierro óxidado y se había hecho un “gimnasio”. Había máquinas en el gimnasio a las que no había que modificarles el peso, ya con el óxido que tenían ofrecían suficiente resistencia como para ponerte fuerte intentando moverlas.

Las máquinas en sí daban bastante miedo, pero las mancuernas te hacían llorar, dudo que hubiese dos que pesaran lo mismo, era como si el hijo de puta las hubiese hecho en su casa con moldes caseros, como quien hace politos de nieve en el congelador. No había dos mancuernas iguales. Si ibas por la calle y te cruzabas con alguien que tenía un brazo más fuerte que otro, ya sabías a que gimnasio iba.

Urko era un exculturista en horas bajas que tenía todo el gimnasio lleno de fotos suyas de cuando era joven. Es curioso, pero en ninguna fotografía llevaba camiseta, era como si hubiese vivido los primeros 30 años de su vida sin usar nada que le pudiese tapar los pezones y las abdominales. Ahora ya estaba un poco fondón, pero quien tuvo retuvo, y aun estando redondo, se notaba que debajo de esa grasa había un tío fuerte. Yo no entiendo mucho de temas de gimnasio y de cómo uno se entierra en músculo, pero el colega este hacía cosas que para mí eran raras de cojones, por ejemplo, se sentaba en una máquina y se comía todos los días una cantidad innecesaria de dátiles, escupía los huesos al suelo y después se enrollaba el torso en plástico como si fuese un Kebab.

“Donde fuere, haz lo que vieres”. Yo estuve dos semanas comiendo dátiles para ponerme fuerte como él, y puse un kilo doscientos de puro gordominal. Cada cuerpo es distinto, hay gente que retiene líquido, y yo retengo dátiles. Una vez escuché que comiendo clara de huevo se marcaban los músculos, esa misma noche me comí media docena de huevos crudos. La cosa funcionó a la perfección, se me marcaron hasta las venas del cuello, en serio, no recuerdo haber pasado tantas horas pegadas al váter en toda mi vida. Ahora que lo pienso, sí que hubo otra ocasión en la que casi me quedo a vivir sobre un váter. Fue una vez en la tuve que tomarme 15 sobres de laxante para hacerme una prueba médica. En el quinto sobre ya era muy consciente de que los diez restantes eran innecesarios, pero aun así me los tomé, pensé que sería como cuando uno lava el coche, primero viene el lavado, luego el abrillantado y por último viene el pulido. Estoy seguro que los cabrones que hacen este tipo de medicamentos saben que con cinco sobres es suficiente, pero son unos putos sádicos. Cuando llegué al hospital y me preguntaron si me había tomado todos los sobres, les dije que sí, que estaba tan despejado y limpio por dentro, que si me iluminaban el ojete con una linterna se me encendería la cabeza como un puto Gusyluz. No les hizo gracia. Algunos sanitarios no tienen sentido del humor.

El tema de la indumentaria para ir a este gym era algo interesante, por ejemplo, había personas que iban a entrenar en pantalones vaqueros. No entiendo cómo un tipo puede ir a un gimnasio vestido con unos vaqueros, pero es como si algunas partes de tu cuerpo supieran que están en el gym, y otras no se hubiesen enterado. Lo mismo pasa con los abuelos, pero a la inversa, estos vestían camisa por arriba y pantalón de chándal por abajo. Algunos incluso añadían zapatos. Un día deberían ponerse de acuerdo, cambiarse parte de la indumentaria, y por lo menos la mitad de ellos estarían vestidos adecuadamente para estar en un gimnasio.

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