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El arte de decir nada

Omar Gasca

Son textos tan coleccionables como esas películas de cero presupuesto que se puede encontrar en la televisión abierta un domingo muy temprano: son malas las historias, el guion, la escenografía, el vestuario, la actuación, la música, la dirección y lo que sumemos, lo que las hace objeto de esa escrupulosa atención que suele merecer la humorada involuntaria. Podemos virtualmente pensar en una apuesta que consistiera en realizar, al costo que fuera, la peor de todas las películas: ¿quién, poniendo todo su empeño en el esfuerzo, podría hacer un producto más infame? La ventaja es que no hay pretensiones de ningún tipo o, si acaso, solo aquélla, íntimamente perversa, de retar nuestra imaginación reflexiva en torno al hecho imposible de conquistar una calidad todavía más baja. ¡Cómo!

            Tales películas, como los escritos a los que nos referiremos, son tan malas que son buenas. Divierten como nada. A diferencia de las primeras, sin embargo, en éstos abundan las pretensiones, las ínfulas, los humos y las fantasías, así, como una reiteración viciosa. La condición de lo sublime fallido se alcanza mediante la lógica del arte de no decir nada, inmersa en asomos pseudointelectuales y cuasipoéticos y enganchada a una fórmula basada en el empleo de palabras a las que hipotéticamente se les confiere algún carácter excepcional y ciertas cualidades de idealidad y espiritualidad: soledad, intrínseco, transita, trasciende, transmuta, exterioriza, indaga, resuelve, irradia, mito, profundo, vibra, eje, nutrido, devolver, desencaja… Casi daría lo mismo hacer un Cadáver exquisito (ese juego de palabras de los surrealistas) o un poema dadaísta al estilo del Gadji Beri Bimbade Hugo Ball: “gadji beri bimba glandridi laula lonni cadori / gadjama gramma berida bimbala glandri…”. Sintaxis, sentido, qué. Siquiera, conocimiento del significado común de las palabras. 

Los textos en la invitación, la promoción y hasta el catálogo son sobre arte, artistas, obras, alguna exposición. Y hay niveles: principiantes, intermedios y avanzados (no, no hablamos del crítico dotado, claro). En el repertorio de los principiantes, otras palabras típicas: ser, etéreo, excelso, nube, lluvia, vértigo…; en el de los intermedios: involucra, alteridad, otredad, vaguedad, propuesta…; en el de los avanzados: desmonta, deconstruye, descoloca…  Los casos responden a tres variables: no hay nada qué decir; no se sabe qué decir; no se sabe cómo decirlo (y aparte se desconoce el idioma). Pero viendo –o más bien leyendo– con relativo cuidado, se advierte el denominador común que reside en contrariar el sapientísimo proverbio “Zapatero a tus zapatos”, que invita a no pisar terrenos desconocidos o, dicho de otro modo, a no hacer lo que no se sabe hacer. 

El desconocimiento cabal de la materia y del lenguaje, los “juicios” sacados de la manga, la tendencia a enredar frases con afanes de inventar valores donde nos los hay, las ganas de parecer docto y sensible, el aplauso y el festejo sobrados, injustificados e insustanciales, se reflejan en un opinionismo desinformado y en la más acabada superficialidad, carente además de sintaxis y de uno que otro factor de esos que cuando están presentes son capaces de gobernar la razón. Pero, ¿quién escribe? El amigo al que se le cree poeta, la doctora en algo solo porque es doctora en algo, el profesor que habla “bonito” pero que nunca escribe…, todo ello de acuerdo con una variable del efecto Pigmalión: la creencia de una persona acerca de las capacidades de otra que, a su vez, cree que posee tales capacidades. Es todo un chiste. 

Si la intención fuera mover llanamente a la risa mordaz, el objetivo estaría conseguido, si bien de forma parcial porque a la risa acompaña la pena, esa que    para la rima llamamos ajena, pero que es propia e impropia porque lo que sucede al final es que se daña al artista de cuya obra se habla. A menos que el artista circule por los mismos tristes senderos y entonces todo armoniza, se conjuga, incluido un público poco exigente que no advertirá los disparates, el bla bla bla insulso ni la carencia de valores en el trabajo del productor y que, por el contrario, encontrará en escrito y obra una profundidad solo equiparable a la de la Fosa de las Marianas (por cierto, más de 11 mil metros).

Inventémonos un ejemplo, con una pequeñísima dosis de exageración, sobre una supuesta exposición intitulada “Recuerdos vagos”, de una supuesta Rosa María González: 

            “Disparidad de artilugios vagos rememora Rosa María González en esta muestra que alterna lo terreno con lo etéreo, los psíquico con lo mundano, y en la que diversifica su ser a través del vértigo de una mirada recíproca en donde los azules se manifiestan como precipitados al vuelo, contrastados con los grises etéreos que revelan la nostalgia de un pasado que late con furor. La excelencia de su pincelada nos mueve hacia el océano de plenitud inmensa y sutil y es allí donde nos encontramos en el espejo quimérico, como si se tratara de adentrarnos en un sueño de otredades diversas y distintas, diáfanas e insostenibles, que deconstruyen la realidad y nos revelan el universo. Más que recuerdos, se trata de una alteridad arrebatada y vehemente, que no por absurda deja de ser transparente, paradójica, matérica, meteórica y verdadera”.

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