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31 de octubre: betabel o cátsup

Omar Gasca

El 31 de octubre de 1992, Juan Pablo II reconoció que la Iglesia se equivocó al haber condenado a Galileo que, basado en Copérnico y Kepler, sostuvo que la Tierra y los planetas se mueven alrededor del sol, afirmación que le costó la libertad.

Ese mismo día y mes, pero en 1517, Lutero envió al arzobispo Alberto de Brandeburgo el documento Disputatio pro declaratione virtutis indulgentiarum (Cuestionamiento al poder y eficacia de las indulgencias), mejor conocido como “las noventa y cinco tesis”, con el que dió inicio la Reforma protestante y sus múltiples derivados.

Seguramente de menor importancia –depende para quién– es que ese mismo mes y día, en 1961, nació Larry Mullen, Jr., el baterista de U2, productor actor y filántropo irlandés, renuente a las entrevistas y quien tuvo que agregar el junior a su apellido para que no le cobraran los impuestos a su padre, del mismo nombre.

Las efemérides pueden ser de mayor o menor calibre, importantísimas, históricamente determinantes o simplemente útiles para los temas de conversación en la cena, pero si hablamos de este día, 31 de octubre, Halloween arrebata, incluso en países como México, Bolivia, Ecuador y Guatemala, entre otros, en los que tal festejo no desplaza al Día de Muertos, pero cada día le compite más imponiendo disfraces, calabazas (a veces sólo una caja de zapatos con hoyos a modo de ojos y nariz y una vela adentro) y hasta la frase trick or treat, que se traduce al gusto como “truco o trato”, “dulce o truco”, “dulce o travesura”, “treta o trato”, de acuerdo con la región y los consejos del adulto que acompaña a niñas y niños a pedir dulces –y a veces dinero– de casa en casa.

Que ese día se pueda pedir algo y que exista una especie de entendido acerca de proveer lo solicitado, es la ventaja que tiene Halloween frente al Día de Muertos; por más que esta celebración esté fuertemente arraigada en los países mencionados y sea, por mucho, más rica: altar, visita al panteón, pan, papel picado, flores de cempasúchil, velas, calaveritas de azúcar, tamales o mole y bebida y lo que aparezca, incluida la música.

Tras una exitosa campaña de mercadotecnia y su estreno en el Festival Internacional de Cine de Morelia, Coco, película de Pixar de 2017, atrajo la mirada del mundo al Día de Muertos a la mexicana, sin que este hecho atajara de ningún modo al avance de Halloween en Latinoamérica, gracias al marketing y al origen anglosajón de muchas tiendas departamentales pero, también, al impacto fílmico de la película de 1978 (la de Jamie Lee Curtis y Donald Pleasence) y a sus secuelas. Mientras Coco es tierna y expresa y exalta ciertos valores, Halloween produce terror y con ello ofrece un género de producto que coincide con el reclamo de los tiempos que corren… desde hace un buen rato.

Es el gusto por el slasher, (de slash, “cuchillada”, en inglés), este subgénero del cine de terror que se caracteriza por la intervención de un psicópata asesino capaz de los actos más brutales, especialmente contra adolescentes y jóvenes de ambos sexos.

También, si dejamos la trama de la película, el gusto por el disfraz y, por el maquillaje; una transitoria posibilidad de ser otro/otra; una práctica desinhibitoria que contribuye a salir de la rutina y a actuar en el ámbito de una realidad fantasiosa en la que se vale “ser” muerto, vampiro, vampiresa, monje medieval, esqueleto, bruja o brujo, Caperucita Roja, Batman, It o cualquier payaso, Michael Myers, Dragon Ball o Donald Trump.

Un poco como ser turista sin serlo, como ser anónimo sin serlo del todo; el anonimato o pseudoanonimato pueden amparar comportamientos atípicos que, por legales que puedan ser, implican una ruptura con las autoprohibiciones, con el pudor; una superación de la timidez.

Evidentemente, hay que sumar tres bondades adicionales en torno al disfraz: se puede adquirir ya hecho, prêt-à-porter (listo para llevar), o hacerlo en casa (made in home), en ambos casos con la posibilidad de escoger de un repertorio amplísimo, sin limitaciones de época ni de correspondencia alguna con ninguna realidad. La otra bondad consiste en que, aún para el bolsillo más lastimado, están las variables del zombie (ropa rota por todos lados) o del que revivió en la morgue: desnudo; sólo hay que ponerse unas manchas moradas aquí y allá, con algo de betabel y mugre; o unas rojas, y cátsup casi cualquiera tiene.

“Cuanto más te disfraces más te parecerás a ti mismo”, dice Saramago en El hombre duplicado, porque en efecto, el disfraz elegido expresará de alguna forma conceptos, modos de ser y de ver, relación con el humor, con la crítica, con los afectos, con las simpatías, admiraciones y antipatías de quien elige. Así, algo de éxtasis y catarsis se produce con la indumentaria provisional y festiva que, mal que bien, hace espejo de lo que se es.

Como sea, después de la fiesta, “calabaza, calabaza, cada uno pa’ su casa”, como dicen en Cuba.

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