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La mala estrella de nosotros, los incrédulos

Monica Quijano

Soy escéptica.

Así lo escribo, pero lo que normalmente digo es “Perdón, es que la verdad yo soy medio escéptica.” Muchas de las conversaciones en las que digo esta frase terminan en momentos incómodos. De verdad que no las busco ni las propicio, pero usualmente llega un punto en el que, acorralada, me veo obligada a revelarlo, no como una postura política que se declara con firmeza, sino como una falta que se revela, una explicación que se ofrece a modo de disculpa.

“¿Qué es eso?”, suele preguntarme mi interlocutor o interlocutora, con desconfianza. “Pues, como que no creo en cosas sobrenaturales.” Me exigen más detalles, con el ceño fruncido: “¿Cómo qué?”. Me reacomodo en la silla, inquieta ya. “Ay, bueno, es que yo no creo en los signos zodiacales o por ejemplo, en los fantasmas y eso…”, salpicando mi explicación de muletillas, con la esperanza de minimizar, o al menos retrasar, la creciente indignación de quien me oye.

Si continuara, la lista incluiría, entre otras cosas, que no creo en las teorías conspirativas, ni en que nos visiten los extraterrestres. Tampoco creo en la homeopatía, el Tarot, los ángeles, los chakras, el alma, la reencarnación, la acupuntura, las malas vibras. Ni en que el universo te mande señales de nada, ni que haya dietas que pueden curar el cáncer ni que el cannabis lo haga tampoco. Y, casi sin falla, algo en mi lista de incredulidades va a irritar a alguien.

No ando anunciando a todo el mundo que soy escéptica. En realidad le temo al conflicto como otros temen a los ruidos inexplicables en medio de la noche, a los malos augurios anunciados por terribles pesadillas. Como he dicho, me veo obligada a revelarlo y la razón es porque, además del conflicto, otra cosa que siempre trato de evitar es la deshonestidad, como buena sagitario que soy. No puedo dejar que alguien siga contándome con entusiasmo algún evento paranormal, dando por hecho que comparto su emoción. ¿Qué otra opción me queda si alguien me está hablando, por ejemplo, de su nueva pareja, y lo mucho que le gusta, lo feliz que está, y de repente salta a contarme en detalle sobre la carta astral que le hizo un astrólogo y que revela que esa persona es su pareja perfecta? ¿Está bien decirle “Ah, oye, ¡qué bien!”, dejar que comparta detalles durante 20 minutos sabiendo que yo no creo que tal cosa signifique absolutamente nada? ¿O que la escuche sin decirle nada cuando es obvio que espera un grado mínimo de retroalimentación?

Es entonces cuando siento que lo más honesto es decir: “Ay, es que la verdad es que yo soy escéptica y yo no creo en X”. La persona parece inmediatamente traicionada, ofendida. Desengañada como si pronto descubriera que ese nuevo novio no es un afable y sensible cáncer como afirmó, sino un traicionero escorpión. Una vez confeso el pecado, en él llevo la penitencia, aunque en lugar de que recite yo una serie de avemarías y padrenuestros, lo usual es que la otra persona me recite a mí una larga lista compuesta por las siguientes frases: “Hay que tener la mente más abierta, no seas cerrada”, “Pues está documentado”, “La realidad la creas tú mismo”, “Hasta Einstein creía en Dios”. Y finalmente, en un movimiento condescendiente mal disfrazado de mutuo entendimiento: “Yo antes era como tú, tampoco creía en nada”, al que siempre me abstengo de replicar “Y yo era como tú, antes creía en todo”.

Nunca intento convencer a nadie, pero la revelación de mi postura abre siempre un debate que nunca quise comenzar. Mi incredulidad también atrae las malas vibras, evidentemente, puesto que muchos se molestan conmigo, aunque me esfuerce por abstenerme de mencionarla, aunque quiera cambiar de tema, tratar de distraer a la persona señalando que hay luna llena con la esperanza de que se vaya a cargar sus cuarzos. No, revelar mi escepticismo siempre se percibe como una invitación a cuestionar enfáticamente, o incluso contradecir, mi visión del mundo.

He notado que, curiosamente, esa misma gente puede ser muy tolerante con practicantes de otras creencias e incluso tener creencias contradictorias ellos mismos. La misma persona puede creer que todo está escrito y simultáneamente ponerse ropa interior roja para atraer el amor en Año Nuevo. Pensar que todas las enfermedades provienen de emociones contenidas y a la vez pensar que alguien le hizo brujería porque se enferma con frecuencia. Sí, todos estamos llenos de contradicciones, pero ¿por qué la incredulidad es la única creencia inaceptable? ¿Por qué tanta gente trata de convencerme de que estoy mal, de insinuar que yo no sé nada, que no soy sensible, que necesariamente tiene que haber algún defecto en mí porque no creo en lo sobrenatural?

La gente que ya me conoce a veces reacciona igual de molesta ante mi escepticismo, la única diferencia es que abren el tema diciéndome “Ya sé que tú no crees, pero…”, e inmediatamente proceden a compartir conmigo alguna historia sobre alguna visión del más allá, algún tratamiento herbal que cura la diabetes, sueño premonitorio, rumor sobre las vacunas, vidente que predijo el coronavirus, o alguna otra cosa que me pone en aprietos porque nunca sé qué contestar, a menos que quiera reabrir el mismo debate de toda la vida y caer en un círculo vicioso, rueda kármica infinita donde yo repito mi postura y ellos me repiten molestos que sea más abierta.

Si es verdad que el universo conspira para hacer realidad nuestros sueños, espero que algún día se me cumpla mi deseo de que la gente tenga la mente tan abierta ante la posibilidad de que lo sobrenatural no exista, de la misma manera que me exigen tener una mente abierta ante la posibilidad de que lo sobrenatural sí exista. Ya al menos que se me cumpla en mi próxima vida y, por si caso, lo decreto para que pase, “que así sea, así ya es”.

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